viernes 22 de junio de 2007


Los hombres también sufren


Se supone que los hombres no deben sufrir por causa de la separación y el divorcio. En el superficial mundo de la corrección política postmoderna en el que estamos instalados, las demostraciones masculinas de dolor, desesperación, abatimiento, están muy mal vistas y se nos sugiere sutilmente que las ocultemos.

Decepcionará a muchos de sus amigos, quienes al verlo en ese estado, huirán de usted como de la peste. Ellos jamás pensaron que usted fuera tan “débil” y “vulnerable”. Su ex mujer calificará como chantaje, debilidad y hasta como acoso cualquier intento suyo de compartir con ella su lamentable estado de postración emocional.

Ella también le reprochará su inmadurez (razón más para alejarse de usted) y le instará a que “acepte” la separación y haga como la pareja separada de fulanita y fulanito “quienes se llevan muy bien”.

Usted ya no vive en su casa, lo han apartado de sus hijos, pernocta en cualquier lugar frío y sin vida, se agota durante el día para llegar a su habitáculo e intentar dormir…si puede. Sin embargo, la sociedad espera que usted reaccione fríamente, que se “adapte”, que sea políticamente correcto, que no incordie. Cualquier otro comportamiento seguramente obedece al “despecho” de un machista que no “acepta” su nueva realidad.

Tratan de que usted se avergüence de su dolor. Que se reproche a sí mismo ser tan emotivo. Se espera que usted se comporte como un “hombre”. A la sociedad le incomodan sus sentimientos de perturbación y lanzan desde todos los frentes un mensaje sutil: “deja de dramatizar, sólo sientes pena por ti mismo”.

Esta brutal respuesta social puede quebrar las defensas masculinas y conducirlo por el camino de la negación de su dolor e impedirle transitar por el terapéutico camino de procesar los aspectos emocionales de la pérdida que acaba de sufrir con la separación o el divorcio. Abandonarse al dolor está estigmatizado como algo
mórbido, insano y desmoralizador.

Así que se supone que usted no debe sentir. Eso es impropio de la sociedad postmoderna. Lo correcto es que nos distraigamos de nuestro dolor. Bloquear nuestros sentimientos y no dar lástima. Sin embargo, las consecuencias de la negación del dolor son terribles y están documentadas.

La cruda realidad ha destrozado el mito de la “fortaleza” masculina. Todas las estadísticas conocidas en los países desarrollados señalan que los hombres están más expuestos que las mujeres a las terribles consecuencias del divorcio. El Informe Iceberg, presentado por un grupo independiente de padres separados en la comparecencia celebrada el día 25 de junio de 2001 ante la Comisión Mixta de los Derechos de la Mujer del Senado de España, concluye entre otras cosas, lo siguiente:

Basándose en estadísticas del INE, el número de suicidios es 2.94 veces mayor en hombres que en mujeres casados y con hijos, y 4.06 veces más en hombres divorciados y con hijos vs. mujeres en la misma circunstancia.

Con datos del Instituto de salud y seguridad social de Australia, el divorcio aumenta la tasa de suicidio de hombres 7.5 veces frente a 2.4 veces la mujer, siendo la del hombre divorciado la tasa más alta de suicidio con gran diferencia.

Datos de USA prueban que el riesgo de suicidio entre hombres divorciados era cerca del doble al de hombres casados, en tanto no había diferencias estadísticamente significativas para la mujer en idénticas circunstancias.

En el año 2006, más de 70.000 hombres abandonan su hogar, sus bienes y sus hijos para siempre por una decisión judicial como consecuencia de un divorcio.

Los suicidios, depresiones e ingreso en la marginalidad suelen ser consecuencias posteriores de un divorcio para los padres.

El dispositivo de protección social del Estado no contempla los problemas de los hombres separados o divorciados. El reencuadre de la vida de un hombre divorciado en el orden práctico y emocional lleva su tiempo, y se produce en medio de estados de ánimo contradictorios y cambiantes.

Para un hombre, los días, meses, y a veces años, que siguen a la separación y al divorcio son un período de pruebas extremas para su personalidad, su estabilidad mental y su conducta futura. Normalmente, sólo depende de él. Se ha de moldear con fuego o ha de perecer en las llamas.

miércoles 13 de junio de 2007


Sobre dolor
y sufrimiento

La experiencia parece haberme enseñado que una de las claves para comenzar a superar las heridas emocionales que produce el divorcio es establecer una distinción fundamental entre dolor y sufrimiento.

Generalmente se piensa que son idénticos, intercambiables como conceptos. Y no lo son. Digamos que el dolor es hasta cierto punto inevitable. El dolor emocional y el físico cumplen una función vital y son tal vez una condición de la supervivencia. El dolor desata reacciones neurológicas que alertan a nuestra consciencia y nos indican que hay cosas que debemos evitar, o que no podemos pasar por alto, o que exigen un comportamiento más cuidadoso por nuestra parte.

Por otro lado, el sufrimiento es hasta cierto punto opcional y además, si lo vemos con perspectiva, innecesario. El sufrimiento como proceso emocional implica la mortificación por la pérdida que sufrimos y revela muy claramente hasta qué punto éramos dependientes de la persona que se fue o de la cosa que se nos escapó de las manos. El sufrimiento tiende a cimentarse aún más en procesos de divorcio en los que la agresión verbal, el cinismo, el despotismo, la falta de escrúpulos, la deslealtad, la infidelidad, etc, han estado a la orden del día en la vida de la pareja.

Decíamos que el dolor es una reacción física o emocional inmediata. De alguna manera, el dolor, como emoción, es una opinión sobre una situación. Una valoración que nuestro sistema neurológico efectúa sobre alguna circunstancia de nuestra vida. El dolor puede ser ligero o grave en función de muchos factores, y puede decirse que nadie puede librarse por completo del dolor.

En términos prácticos, el sufrimiento es una reacción emocional, corporal, psicológica, esencial, más compleja y prolongada en el tiempo que puede acompañar o no al dolor, en función de cómo interprete y evalúe la persona herida el significado del dolor y de las circunstancias que lo acompañan. El dolor se puede llevar con resentimiento, con miedo, con angustia, y es así como se transforma en sufrimiento, o se puede llevar con templanza, imparcialidad, sobriedad y hasta con buen ánimo.

A nuestro modo de ver, ésta es la clave para empezar a superar las terribles consecuencia que tiene el divorcio para la personalidad, la estabilidad emocional y la conducta actual y futura de una persona y más especialmente en el caso de los hombres de nuestra cultura occidental.

En occidente hablar de estos temas es tan poco aceptable socialmente como hablar de las funciones fisiológicas. La odiosa corrección política que se ha impuesto en este lado del mundo quiere eliminar de la comunicación el abordaje de este tema crucial para la vida de la gente.
Sin embargo, eso que pudiéramos llamar "filosofía del dolor" ha sido abordado con profundidad y claridad por todas las grandes tradiciones espirituales a lo largo de los siglos.

El monje y maestro budista tibetano del siglo XI, Milarepa, lo expreso así:

Todas las ocupaciones terrenales tienen un final único e inevitable, que es la aflicción. La adquisición termina en dispersión; la construcción, en destrucción; las reuniones, en separaciones; los nacimientos, en muertes. Sabiendo esto, debemos renunciar desde el primer momento a la adquisición y a la acumulación, a la construcción y a la reunión; y, siguiendo con fidelidad los mandatos de un guru eminente, dedicarnos a comprender la Verdad.

El filósofo griego Epicteto dijo:

No son los sucesos los que inquietan las mentes de los hombres, sino la visión que ellos tienen de los sucesos.

El problema de que las cosas salgan mal no es sólo que salgan mal; es cómo nos sentimos mientras tememos que salgan mal y cómo nos sentimos después de que salen mal. Cuando las cosas salen mal, el dolor es inevitable. Dependerá de nosotros si alargamos el sufrimiento. Cuando tememos los diversos modos en que pueden salir mal las cosas, ese temor también causa dolor.

Y ello ocurre porque, en general, nuestra vida está dedicada por completo a la satisfacción de nuestro deseo de satisfacción, entonces no sólo sentiremos dolor cuando las cosas salen mal. Sufriremos. Esto se debe a que una vida dedicada a conseguir satisfacción nos genera ciertas creencias implícitas. Cuando dedicamos nuestra vida a conseguir satisfacción, nuestros pensamientos, nuestros sentimientos y nuestros actos habituales giran en torno a la satisfacción de nuestros deseos.

Lo más probable es que se trate de deseos convencionales (placer sexual, más amigos, mayor influencia, prosperidad o prestigio profesional, etc). Esto no parece demasiado malo. Pero cuando estos deseos se integran en el tejido de nuestra vida, de nuestro yo, llegamos a creer inevitablemente que es necesario que no fracasemos, que es necesario que nuestros seres queridos no mueran, que es necesario que la persona amada siempre nos siga amando, que es necesario que la persona a la que amamos nos ame a nosotros, que es necesario que sigamos sanos y vigorosos, y así sucesivamente.

Inevitablemente, llegamos a creer que la violación de estas esperanzas constituye una catástrofe, pues con la muerte de estas esperanzas, sobreviene nuestra muerte interior.

Tal vez si viviéramos nuestra vida y abordáramos sus vicisitudes de un modo consciente y atento, descubriríamos que las cosas, situaciones y personas actúan como estímulos externos y que respondemos a estos estímulos y que esta respuesta nos descubre a nosotros mismos. Es en esta relación con todas las cosas que podemos conocernos a nosotros mismos y a lo que nos rodea.

Siempre que en la vida nos encontramos con dificultades es porque hay algo que hacer. Hemos de cambiar algo, o bien en relación con el exterior o con nuestro interior. La adversidad no es algo que que la vida dirige contra nosotros, no es algo que se nos mande. La adversidad es un modo natural de funcionar de las cosas que se opone a nuestro modo no natural de ver las cosas. Las dificultades nos están regalando, si estamos despiertos para verlo, una lección de verdad, de la verdad; nos obligan a que descubramos que en nosotros hay algo que funciona mal, algo que está equivocado o que está poco desarrollado.

Albert Ellis, el creador de la terapia racional-emotiva decía que el pensamiento irracional es la causa primaria de los sufrimientos psicológicos innecesarios. Uno de los pensamientos irracionales que suele citar es la idea de que el hecho de que nuestros deseos no sean satisfechos sea una catástrofe. Ellis mantiene que el deseo de Más (satisfacción) es un error lógico y que se pueden corregir la mayor parte de los errores lógicos del pensamiento y aliviar así la mayoría de las manifestaciones del sufrimiento innecesario.

Sin embargo, estas ideas no son muy atractivas en el mundo hedonista en el que vivimos. La mayoría de la gente se pasa la vida queriendo Más. Nunca es suficiente lo que se tiene. Más áun, el crecimiento economico depende de mantener y acrecentar el deseo de Más. La idea de perder algo o a alguien es difícil de aceptar. Y ahí está, pues, la causa fundamental del sufrimiento innecesario.

martes 5 de junio de 2007


Entre el amor
y el apego emocional


Sé un maestro en todo lo que haces, lo que dices y lo que piensas. Sé libre.
El Dhammapada, de Gautama el Buda.

En La Baraja del Buda, el maestro Osho comenta lo pernicioso que es el apego emocional en las relaciones de pareja. Y diferencia claramente entre el verdadero amor y el simple y doloroso apego. El apego es la fuente del sufrimiento que llega al summun si se produce la ruptura de la pareja.

Esta forma de entender las relaciones entre las personas, sean del tipo que sean, tiene la virtud de que es muy sana desde el punto de vista emocional. Sobre todo en un mundo en que la tónica corriente es la ruptura de la relación matrimonial y las parejas de hecho. Este libro plantea un tema básico: ¿implica la vida en pareja la asfixia de la individualidad? Osho analiza el problema desde el punto de vista de la consciencia y trasciende el punto de vista tradicional. La respuesta es casi obvia: si eres verdaderamente libre, tu amor por tu pareja te hará más libre.

Hablamos aquí de libertad de consciencia. La libertad, como toda nominalización, puede ser cargada como concepto con las ideas más variopintas. En realidad, cuando hablamos de libertad no todos siempre hablamos de lo mismo.

La reflexión de Osho es muy útil y profunda:

Cuando te enamoras de una mujer o de un hombre, ¿crees que lo has decidido tú, que es tu elección? Sabes perfectamente bien que no puedes elegir amar, no puedes forzarte a amar a alguien. No eres dueño de ti mismo, solo eres el esclavo de una fuerza biológica.

Por eso en todos los idiomas la expresión de "enamorarse" es: "caer en el amor" -caes en el amor; caes de tu libertad, de tu individualidad. Si tú eligieras el amor, te elevarías en él, no caerías en él. Entonces el amor saldría de tu consciencia y tendría una cualidad totalmente distinta, una belleza diferente, otra fragancia.

El amor corriente apesta; huele a celos, ira, odio y posesión. No es amor en absoluto. La naturaleza está forzándote hacia algo que no es de tu elección; eres solo una víctima. Esta es nuestra esclavitud. Hasta en el amor somos esclavos, ¿qué decir de otras cosas? El amor parece ser nuestra mayor experiencia, pero incluso eso no es más que esclavitud, solamente sufrimos. Las personas sufren más con el amor que con cualquier otra cosa.

El mayor sufrimiento está en que te embauca; te crea la ilusión de ser tú el que elige, pero pronto sabrás que no eres tú; la naturaleza te ha gastado una broma. Las fuerzas inconscientes han tomado posesión de ti, estás poseído. No estás actuando por ti mismo; eres sólo un vehículo. Esa es la primera desgracia que uno empieza a sentir en el amor, y una desgracia dispara toda la cadena de infortunios.

Pronto te das cuenta de que eres dependiente del otro, que sin el otro no puedes existir, que sin el otro empiezas a perder todo el sentido del significado e importancia de las cosas. El otro se ha convertido en tu vida, eres absolutamente dependiente; por eso los amantes pelean continuamente, porque a nadie le gusta ser dependiente, todo el mundo odia la dependencia. A nadie le gusta estar poseído por el otro, porque estar poseído significa estar reducido a una cosa.

Toda la humanidad sufre por la sencilla razón de que toda relación va reduciéndote, hace que tu prisión sea cada vez menor. Buda dice: Esta vida no es una vida verdadera. Tú estás siendo vivido, realmente tú no estás viviendo. Estás siendo vivido por fuerzas inconscientes. Salvo que llegues a ser consciente, excepto que tomes posesión de tu propia vida, a menos que te hagas independiente de tus instintos, no serás dueño de ti mismo. Y si no lo eres, no existe dicha alguna, ninguna bendición; la vida sigue siendo un infierno.

sábado 2 de junio de 2007


El hembrismo:
sumidero
de la desdicha

El pseudónimo de Pablo Mirell abarca diversas colaboraciones coordinadas de distintos miembros y simpatizantes de la Agrupación Granadina de Madres y Padres Separados (Canaletas-Alhambra), reunidas bajo el título "El hembrismo, sumidero de la desdicha" en un libro publicado para circulación interna de las asociaciones de padres y madres separados.

En sus páginas se hace un planteamiento valiente, insólito y nada conformista con la moral social imperante, del que se nos advierte ya en el arranque del prólogo: "¿Cómo escribir el libro más impopular del mundo? El lector está a punto de descubrirlo a medida que vaya leyendo estas páginas: y es que la verdad no es agradable, sobre todo si va en contra de las reglas establecidas del juego, del 'establishment'."

El libro empieza haciendo una descripción general de la situación que se ha creado tras la degeneración del feminismo en hembrismo, término acuñado por analogía con el denostado machismo: el hembrismo es al mundo de las mujeres lo que el machismo al de los hombres. Mediante ejemplos de la vida cotidiana se describe el "caldo de cultivo" en que germinan la arbitrariedad y la presión ejercidas contra el hombre, desde los mensajes subliminales o explícitos de la publicidad hasta los casos de falsas denuncias de acoso o abuso sexual que han arruinado la vida de los acusados, pasando por el martilleo cotidiano de estadísticas desmesuradas y absurdas sobre la discriminación femenina.

Asimismo, en el libro se pasa revista a los tópicos más frecuentes sobre esa supuesta discriminación, que una sociedad sumida en la superabundancia y el bienestar y carente de todo reflejo crítico acepta sin rechistar. "¡Basta ya de opresión!", es la nueva consigna "feminista" universalmente aceptada, y en virtud de ella, se supone que los varones de hoy tienen que pagar, no sólo su "natural tendencia a la explotación de la mujer", sino la de sus antepasados. Y las mujeres deben cobrarse las facturas pendientes, no sólo de los últimos años, sino también, de paso, de los últimos siglos, en nombre de sus madres, abuelas y bisabuelas. Con esa mentalidad, el nuevo ideal feminista de mujer ha pasado de ser el prototipo más genuino de héroe, con una sabia combinación de renuncia y logros, a ser una caricatura de personaje ambicioso cuyos logros son exclusivamente mensurables en términos monetarios o de poder. De lo sublime a lo ridículo.

Fruto de ese caldo de cultivo es el hembrismo, una actitud vital que se define a través de varias características poco halagüeñas: a) cinismo sin límites, rasgo primordial de las hembristas, que nunca están dispuestas a reconocer un error; b) resentimiento, característica asociada a la propia conciencia de la mezquindad de los planteamientos hembristas; c) agresividad: las hembristas son polemistas, buscan la confrontación a toda costa y mantienen una actitud de acusación continua; d) falta de escrúpulos y disposición para destruir los cimientos de cualquier relación sin valorar las consecuencias del desastre (por ejemplo, para los hijos), o para apuntarse a la nueva moda de la maternidad en solitario, sin importarles la semiorfandad del hijo; d) despotismo, propio de personas convencidas de que siempre tienen razón mientras que todos los demás están equivocados; e) feminismo a ultranza, plasmado en expresiones como "mi cuerpo es mío", "tengo derecho a realizarme", "el hombre nos oprime", etc.

Por supuesto, el hembrismo no es una actitud exclusivamente femenina, sino que también son frecuentes los varones que adoptan posiciones hembristas radicales y que se pondrán siempre del lado de la mujer, tenga o no razón, porque es la moda o, tal vez, como forma de sublimar su machismo latente: a fin de cuentas, los extremismos siempre acaban por darse la mano.

¿En que se parece el hembrismo al feminismo?, se pregunta el autor. En nada, es la respuesta. El feminismo auténtico se esfuerza por comprender a los hombres tanto como a las mujeres y por situar a ambos en un plano de igualdad. Las verdaderas feministas piden los mismos derechos que los hombres al tiempo que reclaman sus mismas obligaciones, y critican tanto las carencias del varón como las suyas propias.

El feminismo no se complace en fingir que las mujeres son las víctimas de este mundo, y renuncia a explotar en su favor cualquier tipo de discriminación ajena. Razona y es tolerante. Trabaja duro y con coherencia y sensibilidad. Yerra, como toda iniciativa humana, pero es capaz de reconocer sus yerros. Entre feminismo y hembrismo no existe nada en común.

El libro aborda, a lo largo de varios capítulos, las dificultades de la convivencia en pareja y las consecuencias de las rupturas, especialmente cuando hay hijos de por medio. En sus páginas se analiza el marco legal del divorcio, se presentan datos estadísticos y se exponen las experiencias personales de las "víctimas" por antonomasia del divorcio: los padres separados y sus hijos.

A través de numerosos relatos de los propios protagonistas nos familiarizamos con la hondura de lo que algún autor ha denominado "la más grave violación de los derechos humanos en Occidente". Y aprendemos a respetar la regla de oro que sirve de divisa al libro y que debe inspirar siempre las acciones de las madres y los padres separados:

"Querer a un hijo no es obligarlo a vivir con nuestras "verdades", sino ayudarle a que pueda vivir sin nuestras mentiras".

Capítulo VII del libro Hembrismo: sumidero de la desdicha

domingo 27 de mayo de 2007

Feministas que apoyan a los hombres

DONNA LAFRAMBOISE
Las taquillas del divorcio

Pertenece a la plantilla del National Post, uno de los dos grandes diarios nacionales del Canadá y es colaboradora de otros importantes diarios y revistas canadienses. Es autora del libro The Princess at the Window: A New Gender Morality ["La princesa en la ventana: una nueva moralidad de género"] (Penguin, 1996), entre otras publicaciones. Feminista ardiente en otro tiempo, poco a poco fue cambiando de actitud ante el feminismo radical, con el que ha llegado a ser muy crítica, aunque sigue fiel a los postulados de feminismo igualitario. O dicho con sus propias palabras, se considera "feminista disidente" (dissident feminist) frente a las "feministas dirigentes" o "feministas del sistema" (establishment feminists).

En su artículo One-Stop Divorce Shops “Las taquillas del divorcio”, publicado en el National Post el 21 de noviembre de 1998, Donna Laframboise describe cómo los albergues de mujeres maltratadas han adquirido un protagonismo que los convierte en verdaderas ventanillas gratuitas donde adquirir sentencias de divorcio rápidas y absolutamente favorables.
Terri (nombre ficticio de una enfermera de 36 años) relata cómo su madre le aconsejó acudir a uno de esos albergues, donde su denuncia de malos tratos contra su esposo, aunque falsa, fue aceptada al pie de la letra. No sólo dieron por buena su historia sin más comprobaciones, sino que, en el informe presentado por el albergue al tribunal, además del supuesto historial de malos tratos, atribuyeron al marido las características típicas de un alcohólico, así como otras relativas a su falta de higiene y a imaginarias dolencias hepáticas.
Escudada en ese informe, Terri no tuvo problema alguno para obtener la custodia de sus hijos, mientras que al padre se le denegó todo derecho de visita. Más tarde, Terri se arrepintió de lo que había hecho, pero para entonces hacía más de un año que los niños no veían a su padre.
Según indica Laframboise, este tipo de recursos se han generalizado en el Canadá. Para una mujer, la forma más expeditiva de plantear una demanda de divorcio es acudir a un albergue de mujeres maltratadas y solicitar un informe. A pesar de que el personal de los albergues no conoce a los hombres acusados, ha oído únicamente la versión de una de las partes y sólo ha tenido relación con las denunciantes durante un breve periodo de tiempo y en condiciones muy artificiales, proporciona sin problema informes desfavorables para el marido que son decisivos ante los tribunales.
Los abogados entrevistados reconocen que esa táctica conduce invariablemente al mismo resultado: la mujer obtiene la custodia de los niños, con las ventajas económicas consiguientes, y el padre se ve privado de toda posibilidad de contacto con sus hijos. Una abogada reconoce que los albergues intervienen en la tercera parte de los casos en que se denuncian abusos sexuales contra niños en procedimientos de divorcio, por lo que ha solicitado reiteradamente que se investigue el rigor de los informes emitidos por esas instituciones de acogida.
Otra abogada admite haber utilizado tales informes a favor de sus defendidas, pero señala que, cuando se trata de defender a hombres acusados de malos tratos o abusos, solicita que esos informes vayan acompañados de la declaración jurada de quien los expide, ya que tal declaración le permite interrogar como testigo a quien la firma. En general, el personal de los albergues se muestra mucho más cauto ante esa posibilidad.
Como indica Terri al comienzo del artículo, ella, al igual que otras muchas mujeres, han abusado del sistema "porque es absurdamente fácil y porque siempre hay algo que ganar".