miércoles 13 de junio de 2007


Sobre dolor
y sufrimiento

La experiencia parece haberme enseñado que una de las claves para comenzar a superar las heridas emocionales que produce el divorcio es establecer una distinción fundamental entre dolor y sufrimiento.

Generalmente se piensa que son idénticos, intercambiables como conceptos. Y no lo son. Digamos que el dolor es hasta cierto punto inevitable. El dolor emocional y el físico cumplen una función vital y son tal vez una condición de la supervivencia. El dolor desata reacciones neurológicas que alertan a nuestra consciencia y nos indican que hay cosas que debemos evitar, o que no podemos pasar por alto, o que exigen un comportamiento más cuidadoso por nuestra parte.

Por otro lado, el sufrimiento es hasta cierto punto opcional y además, si lo vemos con perspectiva, innecesario. El sufrimiento como proceso emocional implica la mortificación por la pérdida que sufrimos y revela muy claramente hasta qué punto éramos dependientes de la persona que se fue o de la cosa que se nos escapó de las manos. El sufrimiento tiende a cimentarse aún más en procesos de divorcio en los que la agresión verbal, el cinismo, el despotismo, la falta de escrúpulos, la deslealtad, la infidelidad, etc, han estado a la orden del día en la vida de la pareja.

Decíamos que el dolor es una reacción física o emocional inmediata. De alguna manera, el dolor, como emoción, es una opinión sobre una situación. Una valoración que nuestro sistema neurológico efectúa sobre alguna circunstancia de nuestra vida. El dolor puede ser ligero o grave en función de muchos factores, y puede decirse que nadie puede librarse por completo del dolor.

En términos prácticos, el sufrimiento es una reacción emocional, corporal, psicológica, esencial, más compleja y prolongada en el tiempo que puede acompañar o no al dolor, en función de cómo interprete y evalúe la persona herida el significado del dolor y de las circunstancias que lo acompañan. El dolor se puede llevar con resentimiento, con miedo, con angustia, y es así como se transforma en sufrimiento, o se puede llevar con templanza, imparcialidad, sobriedad y hasta con buen ánimo.

A nuestro modo de ver, ésta es la clave para empezar a superar las terribles consecuencia que tiene el divorcio para la personalidad, la estabilidad emocional y la conducta actual y futura de una persona y más especialmente en el caso de los hombres de nuestra cultura occidental.

En occidente hablar de estos temas es tan poco aceptable socialmente como hablar de las funciones fisiológicas. La odiosa corrección política que se ha impuesto en este lado del mundo quiere eliminar de la comunicación el abordaje de este tema crucial para la vida de la gente.
Sin embargo, eso que pudiéramos llamar "filosofía del dolor" ha sido abordado con profundidad y claridad por todas las grandes tradiciones espirituales a lo largo de los siglos.

El monje y maestro budista tibetano del siglo XI, Milarepa, lo expreso así:

Todas las ocupaciones terrenales tienen un final único e inevitable, que es la aflicción. La adquisición termina en dispersión; la construcción, en destrucción; las reuniones, en separaciones; los nacimientos, en muertes. Sabiendo esto, debemos renunciar desde el primer momento a la adquisición y a la acumulación, a la construcción y a la reunión; y, siguiendo con fidelidad los mandatos de un guru eminente, dedicarnos a comprender la Verdad.

El filósofo griego Epicteto dijo:

No son los sucesos los que inquietan las mentes de los hombres, sino la visión que ellos tienen de los sucesos.

El problema de que las cosas salgan mal no es sólo que salgan mal; es cómo nos sentimos mientras tememos que salgan mal y cómo nos sentimos después de que salen mal. Cuando las cosas salen mal, el dolor es inevitable. Dependerá de nosotros si alargamos el sufrimiento. Cuando tememos los diversos modos en que pueden salir mal las cosas, ese temor también causa dolor.

Y ello ocurre porque, en general, nuestra vida está dedicada por completo a la satisfacción de nuestro deseo de satisfacción, entonces no sólo sentiremos dolor cuando las cosas salen mal. Sufriremos. Esto se debe a que una vida dedicada a conseguir satisfacción nos genera ciertas creencias implícitas. Cuando dedicamos nuestra vida a conseguir satisfacción, nuestros pensamientos, nuestros sentimientos y nuestros actos habituales giran en torno a la satisfacción de nuestros deseos.

Lo más probable es que se trate de deseos convencionales (placer sexual, más amigos, mayor influencia, prosperidad o prestigio profesional, etc). Esto no parece demasiado malo. Pero cuando estos deseos se integran en el tejido de nuestra vida, de nuestro yo, llegamos a creer inevitablemente que es necesario que no fracasemos, que es necesario que nuestros seres queridos no mueran, que es necesario que la persona amada siempre nos siga amando, que es necesario que la persona a la que amamos nos ame a nosotros, que es necesario que sigamos sanos y vigorosos, y así sucesivamente.

Inevitablemente, llegamos a creer que la violación de estas esperanzas constituye una catástrofe, pues con la muerte de estas esperanzas, sobreviene nuestra muerte interior.

Tal vez si viviéramos nuestra vida y abordáramos sus vicisitudes de un modo consciente y atento, descubriríamos que las cosas, situaciones y personas actúan como estímulos externos y que respondemos a estos estímulos y que esta respuesta nos descubre a nosotros mismos. Es en esta relación con todas las cosas que podemos conocernos a nosotros mismos y a lo que nos rodea.

Siempre que en la vida nos encontramos con dificultades es porque hay algo que hacer. Hemos de cambiar algo, o bien en relación con el exterior o con nuestro interior. La adversidad no es algo que que la vida dirige contra nosotros, no es algo que se nos mande. La adversidad es un modo natural de funcionar de las cosas que se opone a nuestro modo no natural de ver las cosas. Las dificultades nos están regalando, si estamos despiertos para verlo, una lección de verdad, de la verdad; nos obligan a que descubramos que en nosotros hay algo que funciona mal, algo que está equivocado o que está poco desarrollado.

Albert Ellis, el creador de la terapia racional-emotiva decía que el pensamiento irracional es la causa primaria de los sufrimientos psicológicos innecesarios. Uno de los pensamientos irracionales que suele citar es la idea de que el hecho de que nuestros deseos no sean satisfechos sea una catástrofe. Ellis mantiene que el deseo de Más (satisfacción) es un error lógico y que se pueden corregir la mayor parte de los errores lógicos del pensamiento y aliviar así la mayoría de las manifestaciones del sufrimiento innecesario.

Sin embargo, estas ideas no son muy atractivas en el mundo hedonista en el que vivimos. La mayoría de la gente se pasa la vida queriendo Más. Nunca es suficiente lo que se tiene. Más áun, el crecimiento economico depende de mantener y acrecentar el deseo de Más. La idea de perder algo o a alguien es difícil de aceptar. Y ahí está, pues, la causa fundamental del sufrimiento innecesario.

1 comentarios:

Autocoaching dijo...

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